En General, Notas de Prensa

DOCUMENTO PARA DESCARGAR: para-el-ngelus-2020-04-04

NOTA: Las reflexiones para el ángelus, del 16 al 30 de marzo, están disponibles en http://www.diocesisbarbastromonzon.org/pastoral/otros-recursos/

El profeta Ezequiel sostuvo el ánimo de los israelitas deportados en tiempos tanto o más recios que los que nos toca vivir ahora por el coronavirus. Les anunció tres cosas: la repatriación, la unificación bajo un solo rey y la purificación de sus corazones para no volver a caer en la idolatría. La promesa estaba cargada de esperanza: “Ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios”. Los desterrados volvieron, la nación se reconstruyó, pero no siempre aquel pueblo, destinatario de la promesa, fue fiel a Dios.

También nosotros, en estos días aciagos de confinamiento, escudriñamos los datos cada mañana esperando buenas noticias, sin darnos cuenta cabal de que la mejor noticia que nos puede llegar es la de la solidaridad de todos, cada cual desde su tarea y responsabilidad, para salir airosos de la crisis. Porque muchas veces tendemos a confundir nuestros “intereses creados” con el verdadero bien. El evangelio de este sábado de la V semana de Cuaresma es un claro ejemplo de esta desviación.

Después de que Jesús resucitó a Lázaro, último de los signos con los que el Padre dio testimonio de Jesús, según el evangelio de Juan (Jn 11, 45-57), la reacción de los judíos fue contradictoria. Muchos creyeron en él, pero algunos fueron a contarlo a los jefes y éstos se alarmaron, llegando a la siguiente conclusión: “¿Qué estamos haciendo? Este hombre hace muchos milagros. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación”. El jefe de todos ellos, Caifás, puso la guinda: “Os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera”.

Con lo que no contaba Caifás era con que sus palabras tenían un sentido profético. Él las dijo en un arrebato de realismo político inspirado por mezquinos intereses: temía que si el movimiento a favor de Jesús crecía, los romanos lo consideraran un movimiento separatista peligroso; nada más lejos de la intención de Jesús para todo aquel que hubiera escuchado su predicación sin prejuicios. Sin embargo, el sentido profético de aquellas palabras, que el Espíritu le inspiró, era otro: Jesús debía realizar la tarea del Siervo de Yhavéh, que había anunciado el profeta Isaías: dar su vida en rescate por muchos. Es el sentido que el mismo Jesús manifestó en la Cena de despedida, cuando tomando el cáliz en sus manos dijo: “Esta es la sangre de la nueva alianza, que será derramada por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados”. De esta manera los planes de Dios se entrelazan con las intenciones de los hombres: donde nosotros sembramos intereses mezquinos, Él hace brotar vida verdadera.

A continuación, Jesús se retiró a Efraín, en el límite del desierto, hasta que llegó la fiesta de la Pascua, en la que él sería el nuevo y definitivo Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Ojalá seamos capaces de conjugar nuestros intereses con los de Dios para que el dolor de esta crisis nos renueve el corazón. Con las palabras del salmo 17 nos ponemos confiadamente en las manos de Dios:

Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza,
Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.
Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío,
mi fuerza salvadora, mi baluarte.

Invoco al Señor de mi alabanza
y quedo libre de mis enemigos.
Me cercaban olas mortales,
torrentes destructores,
me envolvían las redes del abismo,
me alcanzaban los lazos de la muerte.

En el peligro invoqué al Señor,
grité a mi Dios:
Desde su templo escuchó mi voz
y mi grito llegó a sus oídos.

Pedro Escartín Celaya

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