En Notas de Prensa

Documento para descargar: para-el-ngelus-2020-04-27

Las primeras lecturas de hoy y mañana -lunes y martes de la tercera semana de Pascua- nos ofrecen el testimonio de Esteban, el primer mártir cristiano (Hch 6, 8-15 y 7, 51-8,1). Esteban fue uno de los siete diáconos o servidores de la comunidad, instituidos por los Doce, para que se ocupasen de que nada les faltase a las personas más frágiles, que eran las viudas. Esteban era “hombre lleno de espíritu de fe y de Espíritu Santo”, según certifica el libro de los Hechos, y muy pronto la persecución se cebó en él: “lleno de gracia y de poder realizaba entre el pueblo grandes prodigios y señales”, y esto, junto con su valiente denuncia de la muerte del Justo, “a quien vosotros habéis traicionado y asesinado”, le valió ser arrastrado ante el Sanedrín, acusado de blasfemia.

Con Esteban se cumple una vez más el destino trágico de los profetas, culminado en Jesús de Nazaret y perpetuado en la persecución de sus discípulos. Es notable el paralelismo con que el libro de los Hechos narra el proceso de Jesús ante el Sanedrín y el de Esteban: testigos falsos y acusaciones torticeras, que desfiguran las palabras del profeta convirtiéndolas en una amenaza para la seguridad pública. Lo mismo le había ocurrido seis siglos atrás a Jeremías, y, a lo largo de la historia de aquel pueblo, a muchos otros profetas. En este modo de actuar se aprecia la raíz de toda intolerancia: cerrar los ojos ante los signos que pudieran poner en duda las “seguridades” a las que el poder se aferra y no dejarse sorprender por la novedad del Espíritu de Dios.

Aquellos judíos, aprovechando el vacío de poder imperial, una vez cesado Poncio Pilato y antes de que llegara su sucesor, lo cual ocurrió hacia el año 35, arremetieron contra Esteban en un acto violento, más parecido al linchamiento que a un procedimiento judicial, con condena y ejecución legales. En esto hay una diferencia con el proceso de Jesús, aunque el resultado fue el mismo: eliminar al molesto profeta. Estos hechos no dejan de hacernos pensar en lo que hemos recordado en otra ocasión: que la suerte del discípulo, en este mundo, nunca va a ser diferente de la del Maestro: “si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros” (Jn 15, 20), porque el mal es una fuerza real, que sólo puede ser contrarrestada con el bien y la verdad, y, como daño colateral inevitable, con el sufrimiento del justo.

En el relato de los Hechos aparece por dos veces un tal Saulo, entonces joven, que se hizo cargo de los vestidos de los que apedrearon a Esteban y, además, “aprobaba su muerte”. Años más tarde, hecho un hombre maduro y convertido en predicador animoso de aquel Jesús a quien entonces perseguía, reconocerá públicamente: “Yo me había creído obligado a combatir con todos los medios el nombre de Jesús Nazareno. Así lo hice en Jerusalén y, con poderes recibidos de los sumos sacerdotes, yo mismo  encerré a muchos santos en las cárceles; y cuando se les condenaba a muerte, yo contribuía con mi voto” (Hch 26, 9-10). Y, en la carta que escribió a los de Galacia, reconocerá que perseguía encarnizadamente a la Iglesia de Dios, pero cambió radicalmente “cuando Aquel que por su gracia tuvo a bien revelar en mí a su Hijo”, de modo que los mismos cristianos decían: “el que antes nos perseguía ahora anuncia la buena nueva de la fe que entonces quería destruir” (Gal 1, 15-24).

El encuentro personal con Jesucristo fue decisivo para Saulo, convertido en Pablo, apóstol y columna de la Iglesia. Ese encuentro es el que nos ayuda ahora a nosotros a aceptar el dolor de cada día con fe, con serenidad, con bondad y con capacidad de servir, convirtiéndolo en un lento y valioso martirio a los ojos de Dios, tal como rezamos con este himno litúrgico para la fiesta de los mártires:

Palabra del Señor ya rubricada
es la vida del mártir ofrecida
como una prueba fiel de que la espada
no puede ya truncar la fe vivida.

Fuente de fe y de luz es su memoria,
coraje para el justo en la batalla
del bien, de la verdad, siempre victoria
que, en vida y muerte, el justo en Cristo halla.

Martirio es el dolor de cada día,
si en Cristo y con amor es aceptado,
fuego lento de amor que, en la alegría
de servir al Señor, es consumado.

Concédenos, oh Padre, sin medida,
y tú, Señor Jesús crucificado,
el fuego del Espíritu de vida
para vivir el don que nos has dado.

Amén.

Pedro Escartín Celaya

 

Teclea lo que quieres buscar y pulsa Enter