En Notas de Prensa

Documento para descargar: 2020-05-04

El episodio que hoy leemos en la primera lectura (Hch 11, 1-18) contiene dos hechos, sobre los que nos es útil meditar. Uno, la adhesión imparable a Jesús resucitado de muchos que no eran judíos, impulsada por ese protagonista entre bastidores de la evangelización, que es el Espíritu Santo. El pasado sábado veíamos al apóstol Pedro recorriendo la costa de Palestina y confirmando la fe de aquellos paganos.

Hoy, el mismo Pedro explica a los cristianos de Jerusalén cómo fue requerido para ir a casa de un pagano, el centurión romano Cornelio, en Cesarea, al que bautizó con toda su familia. Había sido el Espíritu Santo quien le impulsó a ir y a bautizarlos, y el que bajó sobre ellos, igual que había bajado sobre los apóstoles en Pentecostés. No fue sólo Pablo quien abrió la puerta de la Iglesia a los incircuncisos, ni tampoco el primero; antes que él, Simón Pedro, cuya autoridad apostólica ya era reconocida por la Iglesia naciente, acogió a aquellos gentiles y les confirmó en la fe. Como los cristianos de Jerusalén, al escuchar las explicaciones de Pedro, alabemos también nosotros a Dios por haber otorgado la conversión que lleva a la vida a aquellos paganos y a nosotros, que tampoco hemos pertenecido nunca al judaísmo.

El otro hecho a considerar es la tensión que produjo entre los cristianos de Jerusalén la entrada en la Iglesia de los paganos. Los cristianos procedentes del judaísmo, a los que el autor de los Hechos describe como “partidarios de la circuncisión”, reprocharon a Pedro que hubiera “entrado en casa de los incircuncisos” y que hubiera “comido con ellos”. Pedro, con una admirable humildad y actitud conciliadora, les explicó la visión que había tenido, en la que por tres veces se le invitaba a comer los alimentos que los judíos consideraban impuros, porque no puede considerarse profano ?dijo? lo que Dios ha declarado puro. Resuenan aquí aquellas palabras de Jesús cuando afirmó que sólo “lo que sale del corazón hace impuro al hombre” (Mc 7, 14). Y también les explicó que había visto al Espíritu Santo derramarse sobre la familia de Cornelio; por lo tanto, ¿quién era él para oponerse a Dios?

Con estas explicaciones se calmaron, pero el episodio nos lleva a pensar cuán real es el riesgo que todos corremos de cerrar nuestro corazón a la novedad y libertad con la que el Espíritu Santo guía y conduce a la Iglesia. Para aquellos judeo-cristianos resultaba inaceptable que los gentiles entraran en la Iglesia sin hacerse antes judíos por la circuncisión. Esta incomprensión hacia los que no son como nosotros siempre ha estado latente en la Iglesia, que ha tenido que tomar partido ante las actitudes excluyentes de algunos cristianos integristas, incapaces de aceptar los cambios impulsados por un discernimiento de los signos de los tiempos a la luz de la fe, como propuso el Concilio Vaticano II.

Durante este tiempo de confinamiento, que lo ha sido también para la celebración de la Eucaristía dominical en los templos, nuestros obispos han tenido que soportar la acusación de cobardía, que unos pocos les han achacado con virulencia, por no haberse rebelado contra la norma. Hubiera sido preferible que esos críticos se hubieran aplicado a vivir espiritualmente la Eucaristía y la oración, como han hecho muchos, ayudados por los medios que las actuales técnicas de comunicación han propiciado. Pidamos al Espíritu Santo que nos haga dóciles para vivir la fe bajo el discernimiento de los pastores, que para eso los puso Jesús en su Iglesia. Pidamos esa gozosa docilidad con esta oración de san Pablo VI:

Señor, haz que mi fe sea plena. Sin reservas,
capaz de penetrar las cosas divinas y humanas.
Señor, haz que mi fe sea libre.
Que cuente con el concurso
personal de mi adhesión;
que acepte las renuncias
y los deberes que comporta
y sea cabal expresión de mi personalidad.
Señor, que mi fe sea cierta,
por su coherencia entre las pruebas exteriores
y los testimonios interiores del Espíritu Santo.
Señor, haz que mi fe sea alegre.
Que dé paz y sosiego a mi espíritu

y que lo disponga a la oración con Dios
y a la conversación con los hombres.
Señor, haz que mi fe sea humilde.
Que no tenga la pretensión de fundarse
sobre la experiencia de mi pensamiento
ni de mi sentimiento, sino que se rinda al
testimonio del Espíritu Santo.
Y que no tenga otra –ni mejor– garantía
que la docilidad a la Tradición
y a la autoridad del Magisterio
de la Santa Iglesia. Amén.

Pedro Escartín Celaya

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