En General, Notas de Prensa

Documento para descargar: para-el-ngelus-2020-05-15

En el fragmento del libro de los Hechos de los Apóstoles que se lee en estos días y comprende todo el capítulo 15, se relata la primera controversia entre los propios cristianos. Nos da a conocer una confrontación seria entre dos comunidades cristianas: la de Antioquía de Pisidia, constituida mayoritariamente por cristianos procedentes del mundo pagano, y la de Jerusalén, formada por los judíos que habían abrazado la fe. Algunos de ellos, aun reconociendo a Jesucristo, pretendían mantener sus antiguas tradiciones, y se les llama cristianos judaizantes.

Fue éste un momento crítico para el futuro del cristianismo, pues, si los paganos que creían en Jesús, debían circuncidarse y seguir la Ley, el cristianismo hubiera sido un apéndice o una secta del judaísmo. Y hubiera quedado sin contenido la convicción fundamental: que Dios había cumplido en Jesucristo, el único que nos salva, las promesas, hechas a los patriarcas. Desde el día de Pentecostés, los Apóstoles, con Pedro a la cabeza, manifestaron públicamente esta convicción y, conforme a ella, bautizaron y acogieron a Cornelio con toda su familia. Pablo, por su parte, así lo anunciaba como “evangelio” (buena noticia) a los paganos. Pero algunos cristianos judaizantes, demasiado apegados a sus viejas tradiciones, “se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban como manda la tradición de Moisés, no podían salvarse”. Pablo reaccionó con intensidad, pues no podía renunciar a lo que había sido su gran descubrimiento desde que se encontró con Cristo en el camino de Damasco, “que el hombre no se justifica por las obras de la ley sino sólo por la fe en Jesucristo” (Gal 2, 16).

La controversia se resolvió en una asamblea, que se conoce como el Concilio de Jerusalén. Intervino Pedro, escucharon a Bernabé y a Pablo, “que les contaron los signos y prodigios que habían hecho entre los gentiles con la ayuda de Dios”; finalmente, Santiago resumió el debate y llegaron a esta conclusión, que comunicaron a los cristianos de Antioquía: “Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables: que no os contaminéis con la idolatría, que no comáis  sangre ni animales estrangulados y que os abstengáis de la fornicación. Haréis bien en apartaros de todo esto. Salud”. Ni una palabra sobre la obligación de circuncidarse y de seguir las tradiciones judaicas.

La controversia, pues, no es ajena a la Iglesia, que está constituida por seres humanos, pero que también es guiada por el Espíritu Santo, que infunde en los pastores el don del consejo para escuchar, discernir y decidir lo mejor para la comunidad. Hoy la Iglesia recuerda la memoria de san Isidro, un obrero del campo, de finales del siglo XI, nacido en Madrid y casado con María Toribia, de Torrelaguna, también venerada como santa María de la Cabeza: un matrimonio de esos “santos de la puerta de al lado”, de los que habla el papa Francisco. Fue proverbial su espíritu de oración y su generosidad con los necesitados. Un labriego sin instrucción es el patrón de la capital del España y de todos los labradores españoles. Son las cosas de Dios, y le invocamos con este himno que tan bien cuadra con esta historia:

Desde que mi voluntad
está a la vuestra rendida,
conozco yo la medida
de la mejor libertad.
Venid, Señor, y tomad
las riendas de mi albedrío;
de vuestra mano me fío
y a vuestra mano me entrego,
que es poco lo que me niego
si yo soy vuestros y vos mío.

A fuerza de amor humano
me abraso en amor divino.
La santidad es camino
que va de mí hacia mi hermano.
Me di sin tender la mano
para cobrar el favor;
me di en salud y en dolor
a todos, y de tal suerte
que me ha encontrado la muerte
sin nada más que el amor. Amén.

Pedro Escartín Celaya

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