En Notas de Prensa

Documento para descargar: para-el-ngelus-2020-05-21

Hasta hace unos años, hoy, jueves de la sexta semana de Pascua, se celebraba la fiesta de la Ascensión, de tal manera que el dicho se hizo clásico: “tres jueves hay en el año / que relumbran más que el sol: / Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión”. La adecuación del calendario litúrgico a las necesidades de la vida actual aconsejó el traslado de esta fiesta al próximo domingo, y hoy seguimos contemplando el periplo misionero de Pablo, que le llevó hasta Corinto, donde impulsó la comunidad cristiana que mejor conocemos, gracias a la correspondencia de Pablo con ella.

El fragmento del libro de los Hechos que hoy se lee (Hch 18, 1-8) nos proporciona detalles útiles para la cronología del cristianismo naciente y para conocer cómo eran aquellas comunidades. La mención del procónsul Galión, a propósito de una nueva persecución de los judíos contra Pablo, que se leerá mañana (Hch 18, 9-18), nos permite fijar la estancia del Apóstol en Corinto en los años 51 y 52 de nuestra era, pues Galión era hermano del filósofo cordobés Séneca, cuya biografía conocemos con precisión. Al llegar a Corinto, Pablo se junto con un matrimonio de judíos, que seguramente ya eran cristianos, y habían llegado de Italia, porque el emperador Claudio había decretado la expulsión de los judíos de Roma. Este matrimonio, compuesto por Aquila y su mujer Priscila, eran tejedores de lona, lo mismo que Pablo, que vivía del trabajo de sus manos, y terminó trabajando en su casa. El protagonismo de este matrimonio para la consolidación de la comunidad cristiana fue decisivo; Pablo les cobró un gran cariño, pues “expusieron sus cabezas para salvarme”, como recuerda en su carta a los Romanos, además de que pusieron su casa a disposición de la iglesia de Corinto.

Con la llegada de Silas y Timoteo desde Macedonia, se incrementó el impulso evangelizador. Como era habitual, se dirigieron en primer lugar a los judíos. Éstos se opusieron al anuncio de Jesús como Mesías, y respondieron con insultos, por lo que Pablo se sacudió la ropa y les dijo: “Vosotros sois responsables de lo que os ocurra, yo no tengo la culpa. En adelante me voy con los gentiles”. Se mudó a la casa de Ticio Justo, un hombre temeroso de Dios, que vivía al lado de la sinagoga, y ?¡cosas de Dios!? el jefe de la sinagoga, un tal Crispo, “creyó en el Señor con toda su familia”.

Así echó a andar una de las comunidades más significativas de los primeros tiempos, mientras que las autoridades romanas, cuando se producía alguna agresión contra los cristianos, se mantenían al margen. Consideraban que estas agresiones eran “discusiones sobre palabras y nombres y cosas de vuestra Ley”, y, como dijo Galión a Pablo, mientras lo echaba del tribunal, añadiendo: “Allá vosotros. Yo no quiero ser juez en estos asuntos”. Pero tampoco hizo caso del desorden público que supuso la paliza que, delante mismo del tribunal, los judíos propinaron a Sóstenes.

Por estos relatos, conocemos cómo fue la historia doméstica de aquellas comunidades, en las que la familia era un factor decisivo para la implantación de la fe y consolidación de la Iglesia. Esto nos lleva a preguntarnos cuál ha sido y cuál debería ser el protagonismo de nuestras familias en la transmisión de la fe, en la oración doméstica y en la vivencia eclesial, particularmente en este tiempo de confinamiento. El nacimiento de la Iglesia de Corinto interpela nuestra implicación en el mantenimiento de la vida eclesial. Oremos, pues, para que nuestras familias sean hoy también vehículo de la “buena noticia”:

Haznos, Señor, una familia buena noticia:
abierta, confiada, fraterna,
invadida por el gozo del Espíritu;
haznos una familia entusiasta
que sepa cantar a la vida,
vibrar ante su tarea
y anunciar con alegría tu Reino.
Que llevemos la alegría en el rostro,
el júbilo en las entrañas,
la fiesta en el corazón
y la felicidad desbordándose

por todos los poros.
Que no nos acobarden las dificultades.
Da, Señor, a esta familia tuya
una gran dosis de buen humor
para que no deje de cantar y buscar la paz
en estos tiempos de inclemencia y violencia.
Concédenos ser,
para todos los que nos ven,
testigos de tu buena noticia
y del gozo que viene gratis con ella. Amén.

Pedro Escartín Celaya

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