En Cartas de nuestro Obispo

Hace ya más de 19 meses que vivimos bajo la amenaza del Covid-19. La estadística de contagios y defunciones son realidades que han ido cayendo sobre nuestras vidas y están siendo las cadenas que limitan nuestra libertad. Hay condicionantes que nos hacen sentirnos un tanto encadenados. Y al mismo tiempo no caemos en la cuenta de que hay grupos sociales que están sufriendo las consecuencias de la pandemia con mucho más rigor: los parados, las familias que viven la marginación, los sin techo, los enfermos…. y los presos, “población invisible” para muchos.

La fiesta de la Virgen de la Merced, su patrona, nos recuerda su existencia y desde la Pastoral Penitenciaria de Aragón recordamos en esta pandemia a los funcionarios y presos de las cárceles de Zuera, Daroca y Teruel. Si para todos está siendo dura esta pandemia, para las personas que viven y trabajan en las cárceles lo ha sido de manera mucho más exigente y deteriorante. Los responsables han tenido que hacer frente a nuevas responsabilidades y los presos, últimos y frágiles eslabones, han visto cómo su vida era trastocada por medidas que restringían su mínima autonomía y hacían más difíciles los apoyos familiares y afectivos. Para ellos las cadenas se han multiplicado.

Durante este tiempo, la reducida movilidad de los internos se ha visto restringida con la creación de grupos “burbuja”. Las “cuarentenas” individualizadas han sido un doble confinamiento, el de la cárcel y dentro de ella. Se han suprimido diversas actividades formativas y también se han limitado las comunicaciones presenciales con la familia e incluso a veces anuladas. La administración penitenciaria ha intentando paliar estos efectos posibilitando video-conferencias con la familia. También las actividades de Pastoral Penitenciaria han tenido restricciones. Actualmente solo en una de las tres cárceles de Aragón pueden entrar los voluntarios de Pastoral Penitenciaria para realizar actividades. En las otras dos solo entra el capellán para celebraciones con aforo muy reducido y encuentros personalizados con los internos que lo solicitan.

Esta situación nos ayuda a comprender cómo la pandemia no es igual para todos. Hay colectivos, en este caso las personas privadas de libertad y los funcionarios de prisiones, que la están sufriendo de manera más intensa y problemática. Nos satisface reconocer que tanto los funcionarios como los reclusos han respondido positivamente a lo que la situación exigía: adaptándose profesionalmente los primeros y asumiendo las circunstancias especiales los segundos.

A la Virgen de la Merced, nuestra patrona, le pedimos, en estos duros tiempos, que cuide con su amor de MADRE a toda la población penitenciaria, que proteja y acompañe a los más frágiles y que a todos -presos, funcionarios, capellanes y voluntarios- nos de SALUD y PAZ.

Con mi afecto y bendición,

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

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