En Cartas de nuestro Obispo, Obispo de Barbastro-Monzón

Estamos en la cuenta atrás para la apertura, el próximo día 6 de noviembre, de la Causa de Beatificación de 252 mártires de nuestra diócesis. Queremos acercarnos a ellos, conocer, comprender, aprender de su testimonio de fe, abrazar el perdón. De la mano del sacerdote Antonio Plaza, integrante de la Comisión Histórica para la Causa de los Mártires, comparto con vosotros su relato acerca de lo sucedido en julio y agosto de 1936 en lo que hoy es el Arciprestazgo de Sobarbe-Ribagorza.

“La zona del Norte de la diócesis, fronteriza con Francia, estaba en 1936 muy poblada y con curas en cada pueblo. Eran unos hombres sencillos, confiados, con muy poca información y la persecución les pilló desprevenidos: cuando se dieron cuenta ya empezaron a arder las Iglesias y a ejecutar los fusilamientos: todo, en menos de de 15 días. Cuando vieron muy mal la situación, solo pedían a Dios ‘la fuerza necesaria en la fe para no abandonar a los feligreses’ (José Castán).

Esto explica que fueran sacrificados casi todos los sacerdotes. Solo unos 12 se salvaron cruzando la frontera; ellos, al volver, fueron los testigos de una fe que rebrotó espléndidamente dos años después, en 1938. La rapidez con se llevó a cabo la operación y la magnitud de la masacre crearon un clima de terror que provocó una ‘ley del silencio’ y nos ha privado de la información que desearíamos y la documentación necesaria.

Las parroquias eran pequeñas, con un religiosidad popular tradicional sin presencia significativa de organizaciones para laicos; por eso quizá no hubo mártires laicos; a los revolucionarios les  bastaba quemar Iglesias y matar curas. Y esto lo hicieron muy eficazmente los comités de Graus y Naval, que con la ayuda de un par de fanatizados locales organizaban las detenciones

Los mártires de Sobrarbe murieron muy solos y con muy malos tratos: humillaciones, insultos, golpes con las culatas del fusil, castraciones…, pero ellos dieron espléndidos testimonios de fe.  Conservamos con devoción algunas de sus palabras: ‘Perdónalos, Señor… cuanto antes me matéis, antes iré al cielo donde rogaré por vosotros’. (José Sorribas).

Los mártires de Ribagorza, por el contrario, murieron casi siempre acompañados: en grupos de dos o tres; esto posibilitaba que se animasen y se confesaran mutuamente antes del fusilamiento. El día 2 de agosto en el cementerio de Graus murieron 19 y un seminarista. Estos se prepararon para el martirio bajo el liderazgo de dos párrocos ilustres: José Castán, de Graus, y Amado Serrate, de Castejón de Sos. Juntos rezaron, se confesaron y juntos los vieron salir hacia el cementerio, maniatados de dos en dos, rezando el Rosario. Y juntos gritaron la profesión de fe, al estilo de la época ¡VIVA CRISTO REY!

 

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

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