En Cartas de nuestro Obispo

Cuarto domingo de Adviento… martirial, feliz y esperanzado. Como aquellos que regaron esta tierra con su sangre, aguardamos la llegada del Hijo de Dios. La nuestra no es una espera cualquiera, es la espera de quien se confía en el abrazo del Padre. Antonio Plaza, vicepostulador de la Causa de Beatificación de Félix Sanz Lavilla y 251 Siervos de Dios, nos habla de los 34 seglares que murieron por su fe. Seguramente fueron muchos más:

“La furia contra la religión de los 15 primeros días de persecución religiosa, además de en los curas, se cebó también en los laicos que se habían significado como creyentes. Era fácil conocerlos y eran también ‘peligrosos para la causa’: iban a misa, rezaban el Rosario, trataban con el cura, pertenecían a alguna cofradía, a la Acción Católica, a las Conferencias de San Vicente de Paúl… Eran los 34 laicos que la Iglesia ha escogido como candidatos a la beatificación. Un tercio recibió el don del martirio alrededor de Fraga y dos tercios en Barbastro, los dos centros con mayor actividad ecclesial. También aquí les falló el cálculo a los sectarios: quedaba la Iglesia ‘subterránea’, las catacumbas que en secreto mantenían temerosas su fe. Cuando la furia pasó, florecieron de nuevo las flores y frutos de vida cristiana, como siempre le ha ocurrido a la Iglesia.

La religión estaba mucho más infiltrada en la sociedad de lo que pensaban los perseguidores. El grupo de mártires laicos era muy variopinto, de todas las clases sociales: médicos, abogados,  farmacéuticos, funcionarios, periodistas, ganaderos, labradores, mecánicos, comerciantes, un campanero, un botero… Vestían trajes o chambergos, zapatos o abarcas, batas o abrigos… Eran ‘gente del pueblo’ que, además, ayudaban a los pobres, cuidaban de sus hijos, iban a la taberna y a las fiestas del pueblo, alegres y los primeros en echar una mano ante cualquier necesidad; personas normales a quienes Dios dio la oportunidad del martirio y la supieron aprovechar.

Las cárceles de Fraga y Barbastro fueron una imagen perfecta de lo que queremos que sea la Iglesia hoy: curas y laicos, rezando juntos, confesándose, a veces hasta comulgando… En Fraga está documentado el glorioso cortejo que formaron curas y laicos caminando juntos desde la cárcel al cementerio, maniatados de dos en dos, rezando el Rosario y gritando al unísono el clásico: ¡VIVA CRISTO REY! Precioso icono de una iglesia sinodal.

Lástima que con los años se han perdido documentos; pero quedan algunos. Felipe de Juan se despide de su familia: ‘Me he confesado y comulgado y como tal preparadísimo para que Dios se apiade de mí y perdono de todo corazón a mis sanguinarios verdugos’. Quedan muchos recuerdos familiares y testimonios que ahora tendrán que aparecer. Muchos mártires murieron solos, pero les acompañó la fe y la plegaria de toda la Iglesia y ahora nosotros sabemos muy bien que sus nombres están ‘inscritos en el libro de la vida’.”

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

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