En Cartas de nuestro Obispo, General, Notas de Prensa

 

Durante estas últimas semanas, he querido acercaros las reflexiones del Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2023 y las de Henri J.M. Nouwen, Michael J. Christensen, Rebeca J. Laird; Dirección espiritual. Sabiduría para la larga andadura de la fe, como preparación a la Pascua. Reflexiones que me llevan a afirmar que la vida espiritual no puede nunca separarse de la vida comunitaria. La verdadera oración, incluso la más íntima, lleva siempre a nuevas conexiones con los demás. Más que sermones, conferencias o lectura individual, estar juntos en una búsqueda en común de Dios puede profundizar y dilatar nuestra vida en el Espíritu.

Un antiguo cuento jasídico sintetiza esa necesidad de pasar de la soledad a la comunidad para encontrar nuestro verdadero lugar en el mundo, igual que Jesús estuvo en el monte por la noche en oración solitaria (Lc. 6,12-19), bajó por la mañana y formó su comunidad. En soledad y en comunión silenciosa con Dios en la oración, tengo que arrodillarme ante el Padre, igual que hizo el hijo pródigo a su vuelta, poner el oído contra su pecho y escuchar sin interrupción el latido del corazón de Dios. Ahí comienza la comunidad espiritual, porque la soledad siempre nos llama a la comunidad: en soledad te conoces como un ser vulnerable y frágil pero amado por Dios, parte de la familia humana que quiere estar con los demás.

Dentro de la vida comunitaria se encuentran unos dones gemelos: el perdón y la celebración que ha de utilizarse regularmente. El amor de Dios es ilimitado; el nuestro, no. Cualquiera que sea la relación que entables -comunión, amistad, matrimonio, comunidad o Iglesia- siempre te verás acribillado por la frustración y la decepción. Por lo tanto, el perdón es la palabra del amor divino en el contexto humano. Lo interesante es que, cuando puedes perdonar a la gente por no ser Dios, puedes celebrar que, sin embargo, son un reflejo del gran amor incondicional de Dios.

Celebrar los dones ajenos significa aceptar esa plena humanidad de la persona como reflejo de Dios. Al decir celebrar, me refiero a ensalzar, afirmar, confirmar y regocijarse por los dones y gracias de otra persona como reflejos del ilimitado don de amor y gracia de Dios. Por tanto, cuando descubres tu condición de amado por Dios en soledad, ves como las demás personas de la comunidad gozan de la misma condición, y puedes hacer que se exprese esa belleza en el ministerio. Es un increíble misterio del amor de Dios que, cuanto más sabes que eres el amado, tanto mejor y más profundamente ves cómo son amados tus hermanos.

Cuanto más amas a los demás sin condiciones, tanto más puedes amarte a ti mismo del modo que Dios te ama a ti y a los demás. Y cuanto más amado eres por los demás, tanto más consciente eres de ser el amado de Dios. Encontrar tu camino de vuelta a casa es aprender cómo todo amar está conectado, expresado y vivido en comunidad.

Como escribió san Juan: “Queridos, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor” (1 Jn 4, 7-8). Seamos pues, hoy y siempre, testigos del Resucitado. ¡Feliz y Santa Semana Santa!

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

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