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Quiero ahondar en las herramientas que nos permiten construir una relación fraterna, sea entre sacerdotes o con cualquier persona: somos todos hijos del mismo Padre, somos hermanos.

1. La sensibilidad ante el hermano. Básicamente la capacidad para percibir sensaciones, que crece, se educa, se desarrolla, o también se atrofia. En la vida sacerdotal se entrecruzan sensibilidades que enriquecen y matizan la espiritualidad: bíblica, comunitaria, litúrgica, fraterna, solidaria, cultural, ecológica… Nos referimos ahora a la sensibilidad fraterna, como la capacidad actual de percibir las situaciones y necesidades de los hermanos en el presbiterio. Crecer en la sensibilidad fraterna implica un desarrollo de la empatía, es decir, es la experiencia de comprender la condición de la otra persona desde su punto de vista. La sensibilidad ante el hermano se opone a la indiferencia. El mensaje que estamos llamados a dar es éste: “tu vida y ministerio me importan y me involucro en tu proceso de santificación”.

2. La actuación práctica. La sensibilidad fraterna conduce a la acción a favor del hermano. Los sacerdotes, que invitamos continuamente a los fieles a practicar las obras de misericordia, también podemos realizarlas entre nosotros. En este caso, la cercanía es una clave importante. Por eso, el hermano más apto para actuar será con frecuencia el que está cerca físicamente. De aquí la importancia del arciprestazgo.

3. La fidelidad sacerdotal. Partimos de un principio básico: la fidelidad individual del sacerdote es el referente para la fraternidad. El Señor nos ha puesto junto al hermano para ayudarle en su más fácil santificación. Para ello necesitamos vigilar qué es lo que ponemos en común: se trata de compartir los valores que hemos aceptado como buenos y nos ayudan a crecer en el seguimiento de Jesús.

4. Ayudar y dejarse ayudar. Ayudar a los demás y dejarse ayudar por ellos. Son dos maneras de amarse entre hermanos. Las mejores relaciones son aquellas en las que hay gratitud de ambas partes, en las que ambas partes muestran su necesidad. Incluso podríamos afirmar que el amor es más profundo y humilde cuando nos disponemos a recibir que cuando nos proponemos dar.

Quisiera poner de relieve dos dinamismos que podemos considerar a la vez fundamento y fruto de la fraternidad. Por un lado, la apertura de corazón, la disposición a compartir con los hermanos en el presbiterio lo que uno lleva en su interior. Supone que uno asume el riesgo de ponerse en manos del otro, confiando en él. Por otro, la corrección fraterna, como caritativa delación del propio comportamiento. Tan grato resulta que se nos reconozca en eso que es positivo en nuestra vida y ministerio, como misericordioso es la corrección de los aspectos negativos: hecha a tiempo puede representar una auténtica salvación.

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

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