Sello Episcopal Don Alfonso Milián Sorribas

En mi sello he puesto un pan, una cruz y una frase del evangelio de san Juan, que, a lo largo de mi existencia sacerdotal, ha ido iluminando poderosamente mi vida y ministerio.

El pan
He querido que tenga la forma de una hogaza de pan, como el que hacían nuestras madres cuando éramos niños. El pan es un entrañable símbolo cristiano. Fruto de la tierra y del trabajo del hombre, representa nuestro mundo, las faenas y fatigas humanas, la familia, el hogar, el gozo de compartir la mesa común, la Eucaristía, el Verbo hecho Pan, el Cuerpo del Señor, la Iglesia, la vida, pues ganarse la vida es ganarse el pan... Significa muchas realidades el pan. Y a todas ellas quiere servir, con la ayuda del Señor, mi humilde ministerio episcopal.
Quiero que este sello me recuerde siempre mi orígen, que nací en un pueblo pequeño, La Cuba (Teruel), donde se amasaba el pan en las casas, y que, por lo tanto, debo ser un obispo sencillamente bueno, como el pan. Y romperme, repartirme, para que Jesucristo Resucitado y la alegría del Evangelio se hagan presentes en la vida de mucha gente.
Quiero que este pan me recuerde siempre el carácter central de la Eucaristía, donde Dios Padre sigue entregando a su Hijo Jesús, en el amor sin medida del Espíritu Santo, para que vivan en plenitud los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Sé que lo mejor que puedo darle al mundo es este Pan, la Eucaristía de Jesucristo, y también sacerdotes que puedan celebrar la Eucaristía. En ella, Jesús, el Maestro y el Señor, nos enseña que la mejor manera de partir el pan es partirse, que el mejor modo de mejorar y renovar el mundo es servir, lavar los pies.
En todas estas cosas he pensado y meditado, hermanos, al querer que en mi sello hubiese un pan.

La Cruz
Mi padre trazaba siempre una cruz sobre el pan, con el cuchillo, antes de partirlo. Sobre el pan, como mi padre, he querido que trazaran una cruz. El palo vertical es recto, de trazo regular, hecho con regla. Y he querido que fuese así, para expresar el camino de Dios hacia los hombres, el camino de Jesús. Dios no da rodeos para acercarse a nosotros, hacia la humanidad caída. Y lo ha hecho por medio de su Hijo Jesucristo, Jesús es el camino, el camino recto de Dios, y también el camino recto hacia el Padre. Dios escucha siempre el clamor y el sufrimiento de los hombres (Ex 3). El sufrimiento humano es como una oración sin palabras, que llega siempre al corazón del Padre: El Señor ha mirado desde su excelso santuario, desde el cielo se ha fijado en la tierra, para escuchar los gemidos de los cautivos y librar a los condenados a muerte (Salmo 101); así rezamos en la Liturgia de las Horas. Y Dios ha respondido sin rodeos, directamente, en línea recta, sin disgresiones, haciéndose presente entre nosotros, por medio de su Hijo eterno, en el amor sin medida del Espíritu Santo. La Cruz es el lugar exacto del encuentro entre el amor de Dios y lo más hondo del hombre. El madero vertical de la Cruz es la línea recta que une el cielo y la tierra. En la escuela, de niños, aprendimos que la línea recta es el camino más corto entre dos puntos. Todas tus obras son verdad, y rectos tus caminos (Dn 3, 27). Anunciar este camino recto del amor de Dios, anunciar la Cruz, tanto amó Dios al mundo, es como la punta de lanza de la evangelización, a través de los siglos, por parte de la Iglesia. Anunciaré a los rebeldes tus caminos y los pecadores se volverán a ti (Salmo 50).
Ha sido para mí un reto especial cruzar el umbral del siglo XXI llevando una Cruz en el pecho. Lo es para toda la Iglesia, para todos nosotros, los cristianos. El pectoral y el sello me lo van a recordar siempre. Vosotros y yo, mutuamente, nos ayudaremos a plantar la Cruz, a describir su brazo a la nueva generación, como dice varias veces el salterio.
Finalmente, el tramo horizontal de la Cruz en mi sello es irregular, como la vida humana. Simboliza eso, nuestra historia personal, la sinuosa historia de la humanidad, destinada a encontrarse, en la hora y el modo que sólo Dios conoce, con el misterio pascual, con la Cruz fiel, con la gloria de su amor. Por encima de todo error, de todo rodeo, de todo pecado, brilla para nosotros, los cristianos, la seguridad en la esperanza, como reza la oración de la misa de la Virgen del Pilar. Sin esta esperanza es imposible ser obispo, es imposible ser cristiano.

El lema
Yo en ellos y tú en mí (Juna 17, 23). Estas palabras de Jesús, en su oración sacerdotal, han traído cada vez más luz a mi vida de sacerdote, por eso las he elegido. No me resulta fácil explicarlo con pocas palabras, pero lo voy a intentar.
+          Revelan el misterio de Jesús, su intimidad con el Padre en el amor del Espíritu Santo: Tú en mí. Esa soledad de Jesús con el tú de su vida. Han sido y son, para mí, una invitación a la intimidad con Dios; a permanecer fiel a la oración como modo de existir en el mundo; una gozosa iluminación de mi vocación al celibato sacerdotal; una llamada constante a buscar tiempos de desierto, de soledad, en medio de las tareas pastorales...
+          Pero, a la vez, el yo en ellos, me ha sugerido entrega y generosidad pastoral a los demás a la manera de Jesús. Y esto sin separarlo del tú en mí. Confieso que no siempre lo he conseguido, pero me he esforzado en vivir así y esta palabra de Jesús me ha impulsado siempre a unir oración y ministerio, contemplación y acción. Sé que es una obviedad lo que digo y que todos vosotros estáis en el mismo empeño. Pero esta Palabra, antes que en el sello, la tengo grabada en el corazón.
+          Las veo también como un precioso resumen de la vida humana, en la que lo más importante son las personas: Yo, Ellos, Tú. Mi vida personal, la vida de los demás, el Dios Vivo. Esto es la vida. Olvidar uno de estos tres elementos es malograr la vida; desestimar a los otros, a cualquier persona, desestimar a Dios, carcer de autoestima, es malograr la vida, estropearla, frustrar el proyecto de Dios.
Con este lema, hermanos, con el auxilio del Señor y de su Palabra, ayudado con la honda experiencia de Dios, de la Iglesia y de los hombres que posee don Elías (con quien inicié mi ministerio episcopal), con la inestimable ayuda de vuestra oración eclesial y de vuestra necesaria y multiforme colaboración, bajo el amparo de la Virgen María, afronto, tembloroso y gozoso, el ministerio episcopal que se me ha encomendado en la Diócesis de Barbastro-Monzón.

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