Jueves, 08 Marzo 2018 10:06

A ver si al final, ¡tenía razón mi abuela!

III DOMINGO DE CUARESMA - 04 de marzo de 2018

 ¡Quién no ha participado, cuando era niño, en algún juego colectivo! Antes de comenzar se recordaban las reglas. Si el juego transcurría sin incidentes nadie hacía mención de ellas. En cambio, cuando alguien se las saltaba, dependiendo de la gravedad de la infracción, el jugador era penalizado o incluso expulsado. Lo mismo sucede en nuestra vida personal, familiar, profesional o social.

¡A ver si al final tenía razón mi abuela: que robar, matar, tontear con la mujer del amigo, calumniar, ningunear a tus padres… no traía nada bueno! Cuenta la Escritura, a la que ingenuamente tachamos a veces de arcaica y retrógrada, que la primera tentación del ser humano fue eliminar a Dios de su vida, silenciarlo, ignorarlo, ridiculizarlo, ningunearlo… en definitiva, para poder suplantarlo y constituirse cada uno en el dios de un ‘Olimpo’ fabricado a su medida. Lo que nunca imaginaron es que podrían matar a Dios pero jamás acallar su voz que seguiría resonando, cuando menos lo esperasen, en el interior de sus conciencias.

El ordenamiento legal del mundo, esto es, las reglas de juego (diez mandamientos) que Dios confió a Moisés, visibilizaban y cristalizaban la relación de amor (alianza) que Dios había establecido con su pueblo para que nadie se «perdiese» y participasen eternamente de su gloria. Se trataba de un código con los principios fundamentales y eternos que llenaban de descanso el alma de cualquier ser humano. Los tres primeros hacían referencia a las relaciones de cada persona con Dios: Él será tu único Dios (no hay posible rival); «con su nombre no se juega»; y te regalarás un día de descanso para disfrutar de Él. Los siete restantes hacen referencia a las relaciones de cada persona con sus semejantes: el respeto a los padres, a la vida (amordazada hoy impunemente y que, a buen seguro, la historia juzgará más adelante), a la relación hombre-mujer, a los bienes y a la fama. ¡A ver si después de los años mil, como reza nuestro refrán, las aguas vuelven por donde solían ir! ¡A ver si lo más humanizador y liberador sigue siendo la ley de Dios! Lo más triste que puede ocurrirnos es que quienes han sido elegidos como ‘árbitros’, esto es, como garantes de la legalidad, se la salten o impongan su propia normativa, a veces injusta.

Jesús vuelve a descolocarnos en el evangelio de este domingo. Sorprende su enfado morrocotudo con los judíos en el Templo. Sus paisanos no habían entendido nada. Jesús, refiriéndose al ‘templo de su cuerpo’, instaura un modo nuevo de relacionarse con Dios: «en espíritu y en verdad». A partir de ahora el pueblo fiel puede no sólo entrar en comunión con el misterio de la divinidad sino participar en su propia vida. Con la venida del Reino de Dios Jesús instaura la nueva alianza y el nuevo culto que Jeremías anunció: «Haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva: Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones. Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”. Sin minusvalorar las múltiples formas religiosas y litúrgicas, hay que dar la primacía al espíritu, a la fe y al corazón. Y, sobre todo, llevar el culto a la vida y la vida al culto, asumiendo la dimensión religiosa de nuestra existencia personal, familiar, laboral y social.

Hay quienes identifican la práctica religiosa con participar en el culto cada semana o cada día, o bien tan sólo acudiendo a la celebración de bautizos, primeras comuniones, bodas y funerales. Otros cifran su religiosidad en ser cofrade, en llevar encima objetos piadosos o tenerlos en casa. Finalmente otros se creen ya religiosos por tener sentimientos de respeto a lo sagrado o conocimientos de la religión. Todo esto tiene relación con la religiosidad pero, según Jesús, no constituye el culto verdadero.

El culto verdadero es nuestra respuesta de fe a la revelación de Dios. Y tiene dos direcciones: una vertical que va de Dios al hombre y viceversa, y otra horizontal, que pasa del creyente y de la comunidad cultual a los demás hombres. Por eso, el culto completo, en espíritu y en verdad, es la religión de la vida entera vivida con fidelidad a la voluntad de Dios y en solidaridad con nuestros hermanos más débiles y necesitados.

Cristo Jesús es nuestro modelo. Él fue el gran adorador del Padre en espíritu y en verdad con su oración, con su predicación, con su testimonio, con sus obras y, sobre todo, con su pasión y muerte para la liberación humana. Él es el gran sacerdote y la víctima de la nueva alianza y del nuevo culto.

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

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