Miércoles, 09 Mayo 2018 16:00

La medida del amor, es amar sin medida.

VI DOMINGO DE PASCUA - 6  de mayo

¡Quién no ha jugado, alguna vez, al «tres en raya»! Antonio Peña, sacerdote operario, nacido en Huesca, ha sabido sintetizar magistralmente la nueva Exhortación Apostólica del Papa Francisco «alegraos y regocijaros» en este sugerente «juego» que consiste en intentar que gane siempre el amor. La Madre Teresa, como ya os he comentado en alguna otra ocasión, me lo expresó de forma similar: «amar hasta que duela». En un caso y en otro la medida del amor es amar sin medida, esto es, vivir el espíritu de las bienaventuranzas.

Es todo un proceso, como pude descubrir, en mi primer viaje a Venezuela. Allí aprendí que en la vida había cuatro tipos de personas: el «vivo», el «justo», el «bueno» y el «santo». De los tres últimos sabía. Hoy, el primero, lamentablemente, ya se ha estandarizado en muchos países:

1) El «vivo» es aquel que, bajo apariencia de bondad y de legalidad, trata de engañarte en beneficio propio sin que tú te des cuenta. Si lo enganchan deja de ser «vivo» para ser un «…….» (adjetivo que omito por respeto a nuestros lectores). También en nuestro argot popular tenemos diversos epítetos que lo definen. El engaño y la corrupción, desgraciadamente, permean buena parte de la sociedad. Y damos por bueno aquel refrán venezolano que tanto me costó comprender: «¡A mí que no me den, que me pongan donde ‘haiga’…!».

2) El «justo» es aquel que aplica la ley del talión, «ojo por ojo, diente por diente», esto es, puedes vengarte sólo en la medida en que has sido ofendido. La ley del talión, que se encontraba en el código de Hammurabi en Babilonia, fue una ley de moderación, pues trataba de poner límite a la venganza, tanto a nivel de sentencia judicial como a nivel de individuos o de familias. El castigo legal no podía ser ilimitado sino que debía ser igual al daño recibido. Hay que reconocer que este espíritu, aunque sea legal,  sigue estando vigente en nuestros días. Y muchas veces  puede resultar tan inhumano como obsoleto.

3) El «bueno» es aquel cuya medida del amor es él mismo: «amarás a tu prójimo como a ti mismo» No está mal. Estas palabras se hallan recogidas ya en el libro del Levítico. Para los maestros del judaísmo, el amor al prójimo deriva del amor a Dios que creó al hombre a su imagen y semejanza, por lo que no se puede amar a Dios sin amar a su criatura. Jesús, según se recoge en el evangelio de San Mateo, agrega que el mandamiento de amar al prójimo es semejante al primero, esto es, «amar a Dios con todo el corazón, con la mente y el alma».

4) El «santo» es aquel cuya medida del amor no es uno mismo sino el amor con que Dios nos ama, según refiere el evangelista Juan: «amaos los unos a los otros como yo os he amado». Esta es la novedad que Jesús nos ofrece, amar con la misma gratuidad, radicalidad, universalidad y ternura como Él nos ha amado a cada uno.

Hemos vaciado el alma de valores y ahora queremos reemplazarla con leyes que subyugan el corazón. ¡No te conformes con menos que la excelencia (santidad)! La mediocridad, no engancha a nadie. Dejemos de mirarnos el ombligo, levantemos la vista y descubramos al próximo (prójimo), tendámosle la mano, ayudémosle a recuperar su verdadera dignidad, a restablecer su rostro desfigurado… y nos sentiremos más auténtico, libres, felices, plenos, fecundos y responsables! Nuestro mundo no anda mal por la picardía de los «vivos» sino por la apatía de los que nos conformamos con ser «justos» y si me apuras, con ser «buenos» y no aspiramos a la excelencia, esto es, a ser «santos».

Lo novedoso hoy, lo más «in», es ser como el Maestro. No olvidemos, como nos recuerda el Papa, que todo contribuye a tu santidad: los días buenos, te aportarán felicidad; los días malos, en cambio, te ofrecerán experiencia; los intentos que tengas que hacer, te mantendrán fuerte; las pruebas que tengas que soportar por los demás, te harán más humano; las caídas te ayudarán a ser más humilde. Sólo Dios puede mantenernos en pie. Sólo dando vida y alegría y amando con el amor con que Dios nos ama, viviremos y participaremos de la alegría vital de Cristo.

Pidamos al Señor  una buena dosis de paz y de alegría pascual ¡La necesitamos tanto!

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

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