Martes, 04 Diciembre 2018 10:36

La peor enfermedad del siglo XXI, la «miopía»

XXX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO B - 28 DE OCTUBRE

Si en estos días te tropezases con Jesús de Nazaret por las calles de tu pueblo y te preguntase a bocajarro como al ciego del camino: «¿qué quieres que haga por ti?» ¿Qué le responderías? ¿Tendrías la osadía de pedirle que te devolviera la vista?

Todos conocemos la historia. Bartimeo, en mayor o menor medida, puedes ser tú. Aquel ciego, tirado al borde del camino, marginado y desvalido, representaría al ser humano vulnerable, proscrito, dependiente de los demás… En él reconoce Jesús a la humanidad caída, necesitada de luz, de alegría, de la salvación que sólo Dios pueda ofrecer. Por eso, se le acerca, lo escucha y lo cura, devolviéndole su dignidad perdida. Bartimeo es también, por otra parte, el modelo de la persona creyente, valiente y audaz, que no se avergüenza de reconocerse limitado, necesitado y al enterarse que pasa Jesús, grita para que le escuche y le cure. Y una vez que se ha obrado el doble milagro, el fisiológico y el de la fe, se produce el verdadero cambio en su vida.

Nosotros, como en el caso de Bartimeo, necesitamos creer para ver. La sociedad en la que vivimos también. La peor enfermedad del siglo XXI es la «miopía». La cultura dominante, como ya os he sugerido en otras ocasiones, tiende hacia un proyecto de realización personal y de felicidad que nos ciega y nos deshumaniza, al no respetar lo más genuino de la naturaleza humana. Los rasgos de esta cultura, tal como nos indicaba el papa emérito Benedicto XVI, son:

― El individualismo o buscar por encima de todo el propio interés, gusto y conveniencia.

― El hedonismo-consumismo o pensar que la felicidad consiste en el consumo incesante de cosas y de sensaciones nuevas.

― El relativismo y subjetivismo o constituirse cada uno en criterio definitivo de lo que está bien y lo que está mal, echando por la borda los valores universales.

― El secularismo o vivir en la práctica como si Dios y los demás no existieran.

Abrir los ojos significaría reconocer que existen otros ‘modelos’ de realización y felicidad humana. El que ofrece Jesucristo sería:

― La comunión. No somos individuos aislados, sino personas que se realizan en una enriquecedora relación con los demás y con Dios. Buscar el interés de los otros es lo que nos humaniza.

― El servicio. No estamos aquí para competir, sino para colaborar y servir. La felicidad no se encuentra en consumir, sino en poner la vida al servicio de los otros.

― La dignidad humana y libertad. No es más libre el que hace lo que le viene en gana, sino el que busca el bien de todos, aunque sea arduo y exija sacrificios.

― La fraternidad. Formamos parte de un proyecto común, de una misma familia humana, que podemos construir juntos desde nuestra libertad.

Nuestra humilde contribución a la humanidad como discípulos de Jesús sigue siendo ofrecer lo propio, lo más genuino, lo esencial de todo ser humano, a Dios mismo, esto es, la vocación a la comunión en el amor y la libertad a la que todos estamos llamados; vivir para los demás, para que otros también puedan vivir.

La fe, como a Bartimeo, nos abre los ojos para ver la vida, el mundo y las relaciones de las personas desde Dios, dando sentido así a nuestra vida. Por el amor y por la fe nos abrimos con la mente y el corazón al mundo y al hombre para verlos y amarlos como Dios los ve y los ama. El amor no pasa de largo, sino que mira al hermano como hizo Jesús, el buen samaritano, que pasó al lado del ciego Bartimeo, lo miró con cariño y lo curó.

El amor, como la fe, es energía para comenzar gozosamente la existencia cada mañana como un verdadero don, para aceptar con paz y alegría el misterio de Dios que nos trasciende y nos llama a ser hijos suyos, para confiar en el hermano y amarlo a pesar de todo y para descubrir el rostro de Dios en la cara del prójimo, especialmente del más pobre y marginado.

Creer para ver y amar para creer. He aquí los dos tiempos de un mismo ritmo. Pero es evidente que para conseguir esto habremos de repetir con frecuencia la oración de fe del ciego del evangelio; «Señor, que vea», que te pueda ver en las realidades de la vida, en mis hermanos los hombres y en los hechos diarios y así poder descubrir los signos de tu presencia y de tu llamada, y poder ayudar a los demás a que también los descubran y te amen.

Con mi afecto y bendición.

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

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