Lunes, 17 Septiembre 2018 11:20

Los sacerdotes con su obispo pasan también la "ITV".

XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO B - 16 DE SEPTIEMBRE

Como cada año el obispo con sus sacerdotes ponen a punto su corazón para comenzar el nuevo curso pastoral. Hacen ejercicios espirituales. Pasan, metafóricamente hablando, la «ITV» para poder afrontar con nuevo ardor y renovada pasión los desafíos pastorales que tiene nuestra Diócesis de Barbastro-Monzón.

Mosén Sol nos recordaba a los sacerdotes operarios que la renovación de un pueblo (de una diócesis, de una comunidad parroquial, de un grupo apostólico, de un movimiento, etc.) pasa por la santidad de sus curas. Y es verdad. De su celo apostólico, de su cercanía, de su entrega, de su capacidad de acogida, escucha, servicio, disponibilidad…  harán que emerjan de cada uno de los fieles que han sido confiados a su pastoreo  las mejores cualidades, las cultivará y les motivará para que las pongan al servicio de la comunidad. La mediocridad no engancha a nadie. Hemos de aspirar a la «excelencia».

En nuestra diócesis el final de los ejercicios espirituales tiene un broche de oro: la celebración de las bodas de oro y plata de nuestros sacerdotes. Este año, han celebrado sus bodas de plata, Juan Ignacio Cardona y Raúl Rodríguez, y de oro, Antonio Gil, José María Ferrer, Antonio Mozas y Ángel Castillo.

Recojo en estas líneas las emotivas y sugerentes palabras con que José María Ferrer, uno de los homenajeados, motivó la celebración eucarística:

 «Y ahora, ¿qué hacer? Pues lo lógico, que es lo que le sale a uno de dentro: admirarse, decir que parece mentira que pase así de deprisa el tiempo, hacer una especie de recorrido hacia atrás como si se tratara de mirar en un cuaderno las cosas hechas, ver en él también las imágenes de tantas y tantas personas, y, lo más importante, dar gracias, dar muchas gracias a Dios porque el resumen más resumen de estos cincuenta años, y de estos 25, es este: nos conocemos, sabemos cómo somos, sabemos bien cuáles son nuestras posibilidades y nuestras limitaciones, y con lo nuestro, con lo que traíamos en nuestra maleta aquel primer día, no hubiéramos podido hacer nada de lo que hemos hecho sin la ayuda diaria y amorosa de Dios que nos ha despertado cada mañana diciéndonos como a todos los profetas: “Tú ve a dónde te diga, que yo estaré contigo”. ¿Cómo no dar gracias a Dios por habernos llamado a ser de su grupo más cercano? Es lo primero de todo. Y, en realidad, lo único: 50 años de cura, y 25, tienen que servir para dar gracias a Dios y para seguir de verdad queriendo ser cura.

Dar gracias a Dios, y es un añadido necesario, nos lleva también a dar gracias a tantas personas, familia, amigos, sacerdotes, educadores, grupos, comunidades, un sin fin de gente que, de muchas maneras, nos han ayudado a mantener el paso en el día a día y a sentirnos acompañados

Podemos decir que nunca hemos estado solos: hemos tenido la compañía de Dios y la compañía de los hermanos. ¿No es suficiente? Más que suficiente.

Pues con estas actitudes comenzamos esta celebración jubilar que es la misma Eucaristía que hemos ido celebrando día a día en nuestra vida: alabanza y acción de gracias a Dios Padre, por la redención realizada por su Hijo encarnado, Jesucristo, y con la gracia siempre presente y eficaz del Espíritu Santo”.

Pienso que esta es la belleza de ser cura y que, esto mismo, ir celebrando “años de cura”, nos tiene que animar a mirar siempre hacia adelante. ¡Cómo son ahora mismo nuestros tiempos ya lo sabemos! En realidad, ni mejores ni peores, son los nuestros. Ahora no nos serviría hacer una lista de lamentos y, además, hasta podría ser una falta de fe en el poder de Dios. Lo que sí hay que hacer es estar muy atentos y discernir, en la oración y en la comunicación fraterna, por dónde hay que caminar ahora para hacer el servicio de la evangelización, que es lo más importante que tenemos que seguir haciendo entre todos: sacerdotes, religiosos y laicos cristianos.

Pensando en seguir adelante, que repito que es lo que hay que hacer, os recuerdo  estas cuatro cosas que están indicadas en la reciente Exhortación del Papa sobre la santidad. Para seguir adelante necesitamos firmeza interior, porque ahora hay que aguantar y tener paciencia y mansedumbre; necesitamos alegría interior, si no sentimos y manifestamos la alegría de Dios no seremos testigos de nada ni para nadie, y necesitamos audacia y fervor, porque son tiempos para estar en la frontera, no en la retaguardia, y nos tenemos que sentir hoy misioneros en el sentido más arriesgado del término. Cuatro cosas hay que pedirle al Señor: firmeza, alegría, audacia y fervor.

Vivimos ahora en nuestra diócesis momentos muy concretos: de dificultad y de esperanza, de mantener cosas adquiridas pero de renovar otras; nos puede parecer, y es verdad, que somos una barca pequeña en medio de un mar agitado, pero lo que necesitamos es seguir pensando que vamos en la barca, que queremos remar y que estamos en las manos de Dios, que es quien guía de verdad.

Ahora es tiempo de escuchar a las personas, de interpretar los acontecimientos que se suceden y seguir leyendo “los signos de los tiempos”; no es momento de quedarnos repitiéndonos los fracasos y decepciones, sino que es tiempo oportuno para enfrentarnos a la realidad y tomar decisiones desde la fe. No hay que improvisar y tratar de salir del paso. Hay que pensar mucho, estudiar, rezar más, compartir con otros todo lo que podamos, sentir nuestras pobrezas, y a pesar de todo, iniciar nuevos caminos de evangelización. La encíclica programática del papa, Evangelii Gaudium, sobre “el anuncio del Evangelio en el mundo actual” tendría que ser nuestro libro de texto».

Termino, evocando a María, dado su papel relevante en la obra de la redención, para que no nos deje de su mano, vele y proteja al obispo de esta Diócesis, a sus curas, consagrados y a todos los fieles laicos. Y nos haga testigos creíbles de la civilización del amor que tenemos que construir entre todos.

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

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