Martes, 17 Abril 2018 10:11

¡No es un fantasma, es Cristo que vive en tu corazón!

III DOMINGO DE PASCUA - 15 de abril

Desde León, Guanajuato, en México, donde he venido a dirigir una tanda de ejercicios espirituales a la comunidad de las Esclavas de la Santísima Eucaristía y de la Madre de Dios, me gustaría invitaros a todos los hijos del Alto Aragón a que «encendieseis vuestra sonrisa» para que se perpetuase en cada uno, durante todo el año, la resurrección de Cristo.

Él sigue vivo. No es un fantasma. Y cuenta contigo para humanizar-divinizar el entorno en el que vives. Así lo han testificado durante siglos tantos hombres y mujeres de nuestros pueblos. Ellos nos dejaron como herencia su fe. El mayor de los regalos posibles. La fe no te exime de las contrariedades o sufrimientos que la vida nos depara. Simplemente nos permite verlos con la mirada de Dios y encontrar su verdadero sentido. La fe nos ayuda a descubrir esa dimensión de trascendencia que se halla en el corazón de cada persona. Haz la prueba. Actívala y vivirás en plenitud.

Así lo expresaba también Luis Gil al concluir la procesión del santo entierro, en la plaza del mercado de Barbastro, quien acompañado de su esposa Sol González, nos retaba a los cristianos a no convertirnos SOLO en espectadores de un hermoso cuadro histórico… sino en partícipes del plan de Dios para la salvación de todos los hombres. Lo que más le IMPACTÓ, nos confesaba, era saber que en todo el mundo se estaba celebrando este mismo MISTERIO de redención y que millones de personas estábamos participando del mismo sentir. En esta emblemática plaza, concluía, nos hemos reunido, al igual que hicieran nuestros padres, nuestros abuelos, nuestros antepasados para celebrar el mismo acontecimiento de GRACIA. Los laicos, que somos mayoría en la Iglesia, tenemos que estar «en primera línea»... Cristo, que murió por ti y por mí, vive, es real, sigue transformando la vida de las personas, está esperando que tomemos una decisión para que junto a Él cambiemos el mundo.

No tengáis miedo. No os resistáis, como muchos, a constatar la evidencia, a creer lo que están viendo vuestros ojos.  Para quien no cree, mil argumentos no llegarán nunca a constituir una certeza. Para quienes tenemos la suerte de creer, de haber sido agraciados con este don inmerecido, todo nos habla de Dios y de su amor misericordioso.

Jesús resucitado mostró a las mujeres y a sus discípulos los estigmas, señal inequívoca de que era el crucificado. En un primer momento tampoco los discípulos lo reconocieron. El encuentro personal con el Señor fue el que les llevó a reconocer que era  el mismo Jesús de Nazaret, su Maestro,  el que murió en una cruz y que ahora vivía en sus corazones.

Ante la perplejidad de los discípulos por la aparición de Cristo resucitado vemos que su fe se sitúa entre la duda y la entrega confiada, y que está compuesta de riesgo y de seguridad al mismo tiempo.  Para nosotros hoy la fe en Cristo y en Dios, por una parte, es seguridad y,  por otra, es riesgo,  compensado con la certeza absoluta de que un día llegará lo que esperamos, nuestra plena liberación.

Con la aparición de hoy Cristo Jesús aporta una base para la fe de sus discípulos,  que es fruto de nuestra experiencia pascual y de nuestro encuentro en profundidad con Él, lo cual nos da una seguridad absoluta que condicionará toda nuestra vida.

Creer es también «razonable»  aunque no se llegue a la fe por deducciones lógicas, sino por la entrega, por la confianza, por el encuentro personal y por la aceptación de Dios a través de su Palabra. La fe no es algo irracional, ya que estaría en contradicción con la estructura humana de seres racionales. La fe no es ciertamente fruto del raciocinio ni una conclusión evidente de una demostración; pero es una actitud «razonable», libre y, en definitiva, don personal de Dios. Aunque no se basa en seguridades palpables, la fe no es absurda ni ciega ni fanatismo visceral. El que cree en Dios sabe de quién se fía y renuncia a los propios proyectos para asumir como suyos los planes de Dios, al igual que hiciera Cristo.

Creer es vivir toda nuestra vida con espíritu pascual, es decir,  como resurrección perenne y nacimiento constante a la vida nueva de Dios; y es atreverse, como los apóstoles y los primeros creyentes, a convertirnos radicalmente cambiando el rumbo de nuestra vida y dando razón de nuestra esperanza a pesar de la duda y del egoísmo, de la injusticia y el desamor, de la vulgaridad y de la muerte. Porque la conversión, como el creer, es tarea de todo tiempo, incluido el tiempo pascual.

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

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