Lunes, 08 Octubre 2018 13:38

¿Qué significa realmente Jesucristo en tu vida?

XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO B - 23 DE SEPTIEMBRE

Jesús vuelve a darnos donde más nos duele, en el «punto de flotación». La pregunta de fondo que late al comenzar un nuevo curso no es qué opinan los demás sobre Él sino ¿qué significa realmente Jesucristo en tu vida?

Los que nos sentimos orgullosos de sabernos sus amigos y discípulos, aunque no exentos de torpezas y pecados, somos bien conscientes de que no bastan las palabras sino la vida. Seguir a Jesús conlleva, además de intimidad, vivir como Él. Con todas sus consecuencias.

Nuestros mártires del Alto Aragón, que se cuentan por cientos, así lo acreditaron con su vida. No fueron, como decía el cardenal Aquilino Bocos, «héroes míticos» sino hombres y mujeres como nosotros que siguieron a Cristo y fueron capaces de entregar su vida por un IDEAL, vivir desde Dios para servir a los demás.

Aunque pueda resultar paradójico nuestros mártires no nos enseñaron a morir sino a VIVIR. Con su muerte, hoy glorificada, evocan una cultura alternativa muy distinta a la que hoy nos envuelve: la cultura del espíritu, de la coherencia, de la libertad interior, de la entrega, de la generosidad, del amor, del servicio, de la inquebrantable fidelidad frente al sacrificio y la renuncia…

El modelo a quien hay que imitar, hoy igual que ayer, sigue siendo Cristo. Nunca propuso ni mandó algo que Él mismo no hubiera hecho antes. Él nos precedió con su ejemplo. Su opción radical por la salvación de la humanidad se fue cristalizando en su desprendimiento y pobreza total, en su amor a todos, especialmente a los más pobres, y en su talante de perdón, misericordia y reconciliación.

Él nos enseñó cómo se puede «perder» y sin embargo «ganar». De aquí arranca el atractivo de su figura y la fascinación que experimentan cuantos colaboran con Él en la transformación del mundo, en la humanización de la sociedad y en la dignificación de cada persona. Ningún maestro del espíritu ni ningún fundador de cualquier otra religión ha planteado nunca con tanta radicalidad el propio seguimiento mediante la negación de sí mismo. Una cosa es lo que pensamos, otra lo que decimos y otra muy distinta lo que hacemos. Por eso la cruz salvadora es el elemento distintivo e identificador de todo cristiano. Cristaliza el estilo de vida de Jesús.

La ascesis del espíritu, es decir, los que vendrían a ser hoy los «pilates» del alma, no están pasados de moda como muchos se creen porque fomenta la disponibilidad ante Dios y ante los demás, el aguante físico y moral, la adversidad y el sentido solidario y fraterno por encima del afán de tener, de consumir y de aparentar. Por eso el que quiera salvar su vida, la perderá pero el que pierda su vida por mí y por el evangelio, la salvará. El que avisa no es traidor. Este es el verdadero secreto de Jesús, su AMOR VICARIO, es decir, ponerse en lugar del otro, «amar hasta que duela» como recomendó la Madre Teresa de Calcuta.

Jesús no dice que haya que renunciar a vivir esta vida para alcanzar la otra sino que está subordinada y que sólo entregándote radicalmente la obtendrás. No es un juego de palabras. Lo demás conduce irremisiblemente al fracaso. Lo estamos viendo. Salvar los propios intereses, el dinero, el egoísmo y los caprichos al margen del Evangelio, es decir, al margen del amor a Dios y al prójimo, es lo que realmente arruina la vida. Buscad por curiosidad en google el índice de suicidios que está habiendo en España en estos últimos años. Algo no debemos estar haciendo bien cuando tantas personas no encuentran sentido a su vida. Ayudadme a tenderles la mano, especialmente a los más jóvenes, y a ofrecerles un mundo alternativo donde, más allá de toda raza, lengua, cultura, sexo, credo, economía, ideología…, nos sintamos, respetados, valorados, apoyados. Y podamos vivir en paz y con dignidad.

Concluyo estas palabras con un evocador poema de Juan Romero que desvela claramente que en cuestión de amor no podemos ganarle a Dios: «Una cosa yo he aprendido de mi vida al caminar: “No puedo ganarle a Dios, cuando se trata de dar”. Por más que pueda yo darle, siempre Él me gana a mí. Porque me regresa mucho, mucho más de lo que di. Se puede dar sin amor, pero no se puede amar sin dar. Si yo doy, no es porque tengo, más bien tengo porque doy. Y es que cuando Dios me pide, es que Él me quiere dar. Y cuando mi Dios me da, es que me quiere pedir. Si tú quieres, haz lo mismo, y comienza a dar hoy. Y verás que en poco tiempo tú también podrás decir: “Una cosa yo he aprendido de mi vida al caminar: No puedo ganarle a Dios, cuando se trata de dar”».

Con mi afecto y bendición

Ángel Javier Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

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