Jueves, 07 Septiembre 2017 12:52

Si no "adviertes" al que yerra, también tú puedes ser responsable

 

DOMINGO VIGÉSIMO TERCERO

CICLO A - 10 de septiembre de 2017

«Cuentan que un sesentón entró en una tienda y pidió el cuarto de queso que había en el escaparate. La dependienta le advirtió que era jabón. Como se negó a admitirlo, le ofreció un trozo para que lo oliera. El cliente, ni corto ni perezoso, se comió un trozo. “Póngame doscientos gramos”. Mientras se lo envolvía, el señor estornudó y de su boca fueron saliendo varias pompas de jabón. La dependienta, con delicadeza, comentó: ¡Todavía estamos a tiempo…! No, no, porfió. Me lo llevo». En la vida, uno puede errar. Lo incomprensible es obstinarse. Ciertamente no hay que ser un veleta, a merced de los demás, pero es muy bueno escuchar. Y si uno advierte que los demás pueden tener razón, reconocer con humildad tu error, pedir perdón… no sólo no te envilece sino que te ennoblece, te hace más creíble y querido.

Esta anécdota que parece un chascarrillo jocoso sucede en nuestra vida con más frecuencia de lo que creemos. No basta con chismorrear, ni con lamentarse, criticar o quejarse si no somos capaces de ‘advertir’ a los demás sus errores (corrección fraterna). Y, en la medida de nuestras posibilidades, ofrecer alternativas.

Me tranquiliza saber que, en repetidas ocasiones, os he advertido cariñosamente que no es baladí la educación que puedan recibir vuestros hijos ni el derecho que asiste a cada padre, a decidir libremente. Vaticino, como el Papa Francisco, que la cultura dominante nos está ofreciendo un proyecto de realización y felicidad que nos deshumaniza porque está rompiendo el equilibrio constitutivo de la naturaleza al constituir a los seres humanos en «objetos descartables», como los envases «desechables», de «usar y tirar». Hemos puesto la vida del ser humano al servicio de la producción y del consumo, cuyos rasgos identificadores, entre otros, podrían ser: el «individualismo», es decir, que cada uno busca su propio interés; el «hedonismo-consumismo», es decir, que nos movemos únicamente por el propio gusto, por el consumo incesante de bienes y de sensaciones nuevas; el «relativismo y subjetivismo», es decir, que el criterio de cada cual es la norma; el «secularismo», es decir, que en la práctica se vive como si Dios y los demás no existieran.

Frente a este modelo antropológico que hoy nos ofrece la «sociedad del bienestar» os sugiero el que Jesús de Nazaret, el «MAESTRO» por antonomasia, encarnó durante su vida. Él demostró a la humanidad que otra forma de sentir, de pensar y de actuar era posible. Su modo de realización y felicidad gravitaba sobre la «comunión», es decir, no somos individuos aislados, sino personas en relación. La humanidad se realiza en la comunión interpersonal y social con los demás y con Dios. Buscar cada uno el interés de los demás es lo que más nos humaniza; el «servicio», es decir, el camino de la felicidad no está tanto en consumir cuanto en poner la vida al servicio de los demás para que puedan vivir. ¡Quién se ha inventado que la plenitud de sentido en la vida se consigue compitiendo en lugar de colaborando para que todos tengan la misma dignidad!; la «libertad», que no consiste únicamente en poder elegir, desechar, o cambiar las cosas, sino en buscar juntos, desde la diversidad, la verdad. Y conformar desde ella nuestra vida; la «fraternidad», es decir, que somos hijos de un mismo Padre y hermanos entre nosotros. Y juntos podemos construir un proyecto común. Somos una verdadera familia humana. Reconocerlo, nos dignifica y humaniza.

Las claves fundamentales que nos identifican como cristianos son «la vocación a la comunión en el amor y la libertad» y «vivir para que los demás vivan». El Evangelio, la buena noticia que ofreció Jesús de Nazaret a la humanidad, sigue siendo todavía hoy el proyecto de humanización y felicidad más completo e integral. Bastaría que cada uno lo encarnara en su vida cotidiana, tratando de vivir el amor y la justicia (caridad política) para poder hacer frente al empobrecimiento y la deshumanización.

Hace unos días comenzábamos el curso 2017-2018 como Diócesis con la entrega de la «almendra de oro», otorgada por El Cruzado a las Hijas de la Caridad por su ingente labor educativa y caritativa en nuestra tierra; la peregrinación a Lourdes, con más de doscientas veinte personas, ancianas y enfermas, acompañadas por familiares y un grupo de jóvenes scouts; los ejercicios espirituales de los sacerdotes y la celebración de las bodas de plata (Mn. Antonio Vera) y de oro sacerdotales (P. Carlos Latorre y P. Jesús Domeño); la peregrinación a Benasque de más de 42 tallas de la Virgen María, procedentes de la Ribagorza catalano-aragonesa, del Sobrarbe, del Bajo Cinca, de la Litera y del Cinca Medio, la del Somonatano, con nuestra Patrona la Virgen del Pueyo. También despedíamos con emoción contenida por su estela de bondad y santidad a Sor Encarnación (Carmelita Misionera Teresiana) en Graus y a Madre Isabel (capuchina) en Barbastro. Cada uno de estos eventos y celebraciones y los que acontezcan durante el curso tienen que ser expresión de la búsqueda ardiente del Señor y de la «mística de fraternidad» que nos ha imbuido en el corazón. La oración compartida, fruto del amor, visibiliza que todos somos corresponsables de la vida y de la salvación de nuestro hermano. Ya no vale desentenderse ni lamentarse: «¡esto no tiene arreglo!», «siempre se ha hecho así», «¡sálvese quien pueda!», «¿para qué te vas a crear un enemigo más?», «cada uno en su casa y Dios en la de todos»… amar y servir es reinar, cumplir la ley entera. A nadie, como nos recordará san Pablo, le debemos nada, más que amor. Y como nos urgiría san Agustín «ama y haz lo que quieras» porque el que ama de verdad tiene cumplido el resto de la ley.

Nuestra convivencia con los hermanos no pueden ser meras relaciones de cortesía. Vamos a procurar, con la ayuda de todos, ir recreando nuestros propios hogares como verdaderas iglesias domésticas, las comunidades parroquiales, los grupos apostólicos, los movimientos, las cofradías… que sean verdaderos «microclimas» donde se vibre y se viva con gozo nuestra identidad y nuestra pertenencia a esa gran familia que es la Iglesia.

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

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