Viernes, 18 Mayo 2018 09:04

¡Volverá, como lo visteis marchar!

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR - 13 de mayo

¡Volverá,

como lo visteis marchar!

El abuelo de Martina, según refiere Susana Tamaro en su bellísimo libro: «Tobías y el ángel», tiene razón. En la vida no sólo existe lo que se ve… Hay unas «puertas» que cuando las abres, te trasladan a un mundo real aunque invisible. Te ofrecen una mirada nueva, un lenguaje nuevo, una sensibilidad nueva… Con frecuencia, las personas no las abrimos porque no logramos verlas. Si acertáramos a descubrirlas y traspasar su dintel, percibiríamos la vida desde abajo y desde adentro, en toda su profundidad y trascendencia. Y nos sorprendería cómo nuestra propia existencia pende de una mirada divina que todo lo ilumina.

El cielo es como un «ámbito» (estado) donde viven las personas «transparentes»… Todo lo que existe, en un cierto momento, cambia de forma… pasa por una «puerta» a otro mundo, el mundo de la LUZ y allí vive para siempre en la LUZ del amor de AQUEL que las creó.

¿Será por ello, como nos evoca la Palabra de Dios, que los hombres y mujeres de nuestro pueblo, desde su humildad y sencillez, son más sensibles para adentrarse en el MISTERIO y desentrañar los secretos de Dios? ¿Descubrir, a través de la ascensión de Jesucristo a los cielos, que hemos sido creados con un corazón inmortal que sólo puede ser llenado y satisfecho por Aquel que lo ha creado?

Que Jesucristo suba al Padre y esté sentado a su derecha, quiere decir que se abraza en comunión perfecta con Él y de esta forma se visibiliza la glorificación de la propia naturaleza humana, divinizada por Jesucristo. El Hijo de Dios se despojó de su rango o categoría divina para asumir la humanidad y para vivir entre los hombres. Ahora, lo humano y lo divino se unen, pero no se contrarrestan: Dios se ha hecho hombre y «el hombre ha sido divinizado».

Dios se hizo hombre en el hijo de María y se sigue «haciendo hombre» en los pobres, en los que sufren y en los que están llamados a vivir como hermanos; se hace hombre en los que se aman; en los que viven y rezan en común; en los que creen en su Hijo Jesucristo y guardan su Palabra; en los que se dejan guiar por el Espíritu Santo; y en los que transforman sus vidas siguiendo a Jesucristo.

Y «el hombre ha sido divinizado». Hay una semilla divina en todos los seres humanos, porque estamos hechos «a imagen y semejanza de Dios». Esta semilla la debemos desarrollar en plenitud recorriendo el camino del amor, que debe conducirnos no sólo a «tener» amor, sino a «ser» amor; lo cual nos exige vivir no para nosotros mismos, sino para mantener una relación de fraternidad y de comunión con los demás.

Esto es lo que hicieron y hacen los santos, o sea, los grandes testigos de la caridad; los contemplativos que descubren la grandeza, la belleza y la bondad de Dios; y los que sufren y unen su pasión a la de Jesucristo. Y al decir grandes, como nos recuerda el Papa Francisco en su reciente Exhortación Apostólica “Alegraos y Regocijaos”, no tenemos que pensar en acciones grandiosas o espectaculares, sino en hacer bien las cosas más pequeñas. Su grandeza está en hacer con amor todo, hasta lo más nimio e insignificante.

Jesús subió al cielo. Pero el cielo no es un lugar, sino un «ámbito», es decir, una manera de estar, otra manera de ser. El cielo está donde se vive el amor. El cielo es ser de Dios y experimentar su presencia en todo.

Lo más sorprendente es que cuando Jesús «subió al cielo», los discípulos volvieron a Jerusalén con alegría. A pesar de haber «perdido» a su Maestro y experimentar su ausencia. La explicación no es otra que lo sentían vivo en su corazón, se sabían trasmisores de un mensaje de salvación y brotó en ellos una gran esperanza.

 Esperaban su regreso. El don del Espíritu Santo prometido los sostuvo y les dio el coraje necesario hasta dar la vida por el Señor. No perdieron ni la paz ni la alegría porque recordaban la promesa de Jesús: «Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».

Nosotros hoy somos herederos de esa misma promesa. A pesar de nuestras dudas y vacilaciones… seguimos siendo sus testigos en el corazón del mundo hasta que Él vuelva. Gracias por vuestra coherencia de vida y por vuestro coraje en hacer visible en el mundo al Dios que lleváis dentro.

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

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