Martes, 04 Diciembre 2018 10:38

¡Y si es verdad que hay cielo…!

XXXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO B - 04 DE NOVIEMBRE

¡Vaya chasco se van a llevar algunos cuando al cerrar los ojos en esta tierra se encuentren cara a cara con Dios…! Para los que humildemente creemos que tantas maravillas como nos depara la naturaleza o la propia relación entre las personas no puede ser objeto simplemente del azar, barruntamos que en la vida no sólo existe lo que se ve… Hay «puertas» que cuando las abres, te trasladan a un mundo real aunque invisible. Te ofrecen una mirada nueva, un lenguaje nuevo, una sensibilidad nueva… Muchos no las abren porque no logran verlas. Si acertaran a descubrirlas y traspasar su dintel, percibirían la vida desde abajo y desde adentro, en toda su profundidad y trascendencia. Y se sorprenderían cómo la propia vida pende de una mirada divina que todo lo ilumina.

¿Será por ello, como nos refiere la Escritura, que los hombres y mujeres de nuestros pueblos, desde su humildad y sencillez, son más sensibles para adentrarse en el MISTERIO y desentrañar los secretos de Dios? ¿Descubrir al que los creó por amor con un corazón inmortal que sólo puede ser llenado y satisfecho por Él mismo?

Todavía recuerdo aquella tarde del 3 de septiembre de 2016, cuando despedíamos a la Sra. Josefa Jiménez, la madre de Mn. José Luis Pueyo, el comentario de unos y otros, al evocar cómo habría sido el encuentro con el Señor y la cena de bienvenida en el cielo. Me inspiré en la reseña periodística que un compañero operario hiciera del Papa Juan Pablo II al enterarse de su muerte.

En esta semana, donde celebraremos el día de todos los santos y el de los fieles difuntos, he querido recordar su pascua definitiva para que cada uno pueda recrear de igual modo cómo debió ser la de su padre o su madre, la de su esposo o esposa, la de su hijo o hija, la de su amigo del alma, compañero de trabajo o vecino:

Pedro, en la puerta está la Sra. Josefa.

¿Josefa Jiménez?

Que pase. Pero, Sra. Josefa, déjeme darle un abrazo. Soy Pedro. ¡Bienvenida! ¡Qué mujer, qué entereza en medio de tantas pruebas, qué fe…! Otro abrazo. Avisen al Señor.

¡Adelante!

Señor, déjame besarte los pies…!

No Josefa; ya me los besaste tantas veces en mis hermanos más pobres y desfavorecidos… en tantos clientes que tenías en tu tienda de la calle mayor de Monzón a los que servías con tanto cariño, generosidad, abnegación, discreción, desinterés… Tenemos que montar aquí un museo etnológico y algún certamen literario para que recites esos versos tan bonitos que tienes guardados en tu corazón. Y una exposición fotográfica para que saques tus mejores fotos… y que te van a inmortalizar en tu Monzón del alma. Ahora un abrazo, déjame que te dé un fuerte abrazo, que te estreche entre mis brazos. Somos amigos desde siempre. Otro abrazo. ¡Gracias Sra. Josefa!  Muchas gracias. Supiste hacer de tu vida como mujer, como esposa y como madre un verdadero icono que reflejase nítidamente mi presencia entre los hombres.

Vamos a ver a mi Padre y al Espíritu. Los saludas ―ya te están esperando― y después, a cenar. Desde hoy, vas a participar eternamente del banquete pascual, de la fiesta que no tiene fin.

Padre, llegó la Sra. Josefa. Mi Espíritu, ¡tenemos visita…!

¡Qué alegría! Pero ¡qué gozo! Me imagino que el viaje, bien, aunque pesado. Ya sé que, a pesar de tu edad y tus achaques, a todos les ha sorprendido tu partida tan inminente. Ha sido la caída la que lo ha precipitado todo… ¡Te habías hecho querer tanto! Que ninguno se hacía a la idea. Pero ya estás en casa, en tu casa, en la casa de Dios, al que tanto has amado y buscado…

Bueno, a cenar. ¡Qué feliz soy pudiendo presumir de tan buena hija! Vamos a la mesa eterna, a la mesa de los mejores manjares, de los tiempos sin hora, de los gozos infinitos, de la paz, de la verdad, del amor… Aquí ya no tendrás que «eucaristizar la vida», aquí todo es presencia divina y gratuidad plena…!

A cenar. Allí te espera la Virgen María, Ntra. Sra. de la Alegría, a la que confiaste a tu esposo Antonio, a tus hijos Juan Antonio, a su esposa Consuelo y a sus hijas María del Mar y Belén y de forma especial el sacerdocio de tu hijo José Luis. Te esperan también los santos. Te esperan tus padres, tu familia, tus amigos, tus paisanos de Monzón a los que tanto has querido… La corte celestial te aguarda para darte la bienvenida.  ¡Fiesta, sí fiesta…! Gozo, sí mucho gozo! Después te presento a todos.

¡Prepárate, enseguida!

Y desde aquí a seguir velando por el mundo, por la Diócesis, por Monzón, por tu parroquia de Santa María, en la que tantas horas has pasado e invertido en favor de los demás…

¡Bienvenida, Sra. Josefa!

Esta es para siempre tu casa, tu hogar definitivo.

¡Disfrútalo eternamente!

Sirva como colofón, dedicado a nuestras madres difuntas, el poema «presencia viva» que Don Bernardo Velado me mandó a la muerte de la mía:

«Los pasos de mi madre

ya no los siento

pero siguen buscándome.

Tu voz única, madre,

ya no la oigo

pero sigues llamándome.

Las manos de mi madre

ya no las tengo

pero siguen llevándome.

Los labios de mi madre

parecen yertos

pero siguen besándome.

Corazón de mi madre,

no, no estás muerto

porque sigues amándome.

Tu sonrisa de madre

no se ha apagado,

seguirá iluminándome.

Y tus lágrimas, madre,

ya no se secan

porque siguen llorándome.

Tu presencia de madre

como agua pura

seguirá derramándose.

La vida de mi madre

es desvivirse,

va por mi sangre».

Bernardo Velado

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

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